Leyendas y certezas de la historia de Bilbao, de Iñaki Rahm.

Capitulo I.

LA OCUPACIÓN MILITAR DE BILBAO.

La historiografia oficial ha hecho creer a pies juntillas a todo el mundo, incluso a casi todos los bilbainos, la leyenda de que el vecindario de la villa de Bilbao salió en 1833 en defensa de la monarquía de Isabel II y que la mayoria del pueblo bilbaino en su lucha "por la libertad", es decir, por una cierta versión del pensamiento social y político liberal, combatió heroicamente para evitar que los carlistas ocupasen la villa.

Nada más lejos de la realidad que esa leyenda superpuesta por la historiografia hispana sobre los hechos probados. Es una leyenda fingida festejada que, a diferencia de la también llamada "liberación de Bilbao" de cien años después, la del 19 de junio de 1937, que se estuvo celebrando durante casi cuarenta años, pero que todos sabíamos que lo que se celebraba era una ficción de liberación, en cambio las leyendas de las "liberaciones" de Bilbao del siglo anterior, la del 1 de julio de 1835 y la del 25 de diciembre de 1836 y sobre todo la última, la del 2 de mayo de 1874, se han mantenido durante todo el siglo XX, como dogmas históricos, sin ningún análisis ni información sobre la autenticidad de la información.

A pesar de que las palabras del mismo general Espartero transcritas en el acta municipal del 26 de abril de 1834, copiando su informe a la Reina Gobernadora sobre quienes eran los que estaban de su lado, muestran con el excesivo entusiasmo en la descripción, que eran "la parte más sana e ilustrada, la más escogida y acomodada", que es una forma sutil de decir que, aunque en su opinión eran muy seleccionados, también que eran muy pocos, y en ningún caso la ciudadanía en general. Por supuesto que ni siquiera la totalidad de los acomodados, "la inmensa mayoría de los bilbainos que tienen algunos bienes de fortuna" que todavía dirían en actas de junio de 1836. A los otros, a la mayoria del vecindario, los denomina "una porción de la clase meramente proletaria", lo que oculta a casi todos los que no ern ricos, que los no acomodados siempre suelen ser la mayoria, pero eso si, en este caso, con el peyorativo juicio de valor de "seducidos por la sugestión y el fanatismo". O sea que además de decir que eran los pobres, induce a suponer que eran los fanáticos, los sugestionables, los menos inteligentes. Un año después hay otro oficio del Ayuntamiento bilbaino, del 15 de junio de 1835, en el que se dice que "los más acérrimos defensores del trono de la augusta reina" son "los que tienen algunos bienes de fortuna", "los mayores propietarios y los más acomodados comerciantes" aunque hay otros informes que dudan de esa opinión y que incluyen solamente a los "dos tercios" de los acaudalados. En cualquier caso, se puede deducir que lo que se suele entender como pueblo no estaba con los liberales, que el mismo general Espartero lo dice con mucha más rotundidad en otros documentos, al igual que lo hacen otros testigos de la época. Además de que eran los pobres, las autoridades liberales, todavía en agosto de 1837, para mayor amedrentamiento de la ciudadanías, imponían seis duros de multa mensual a los que "tuviesen hijos en la facción".

Pero el segundo de los hechos fácilmente contrastable en la revisión de los datos exactos de la historia es que a Bilbao quién realmente llegó para invadirla y ocuparla fue, el 25 de noviembre de 1833, el ejército del general Sarsfield, cuando los carlistas eran mayoria, tenían mayoria en el poder político de Bilbao lo mismo que en todos los demás municipios de Bizkaia y ya se habían manifestado a favor de Carlos de Borbón los dos batallones de "paisanos armados". La realidad es que estos dos batallones de bilbainos, que para una población de unos doce mil, componían un total de entre mil y mil cien vecinos, no estaba todavía ni convenientemente armados ni uniformados ya que, como se puede leer en las actas municipales de las semanas anteriores, el municipio les había negado fondos para armas y uniformes, asi como para "raciones" alimentarias, escudándose en una mala situación económica. Esos denominados "paisanos armados", e incluso más de la mitad de la población, huyeron de la villa en desbandada con mujeres y niños la noche anterior al 25 de noviembre, por lo que la acción del ejército cristino se realizó con mucha comodidad, como consecuencia de esa evacuación. Este abandono de lo batallones de los armados provocó críticas y alguna irritación en eñ bando carlista. Así, la ocupación de Bilbao, se produjo sin lucha. En cuanto al número de los ocupantes llegados ese primer día, según el historiador J.R.Urquijo, que menciona el dato de la Diputación de Vizcaya, que "las fuerzas que ha reunido el enemigo que ocupa Bilbao no pasan de tes mil y doscientos hombres, cuya mayor parte son gente mezquina y desalentada" Contingente de tropa que no parecerá poca si se considera que el número total de varones en edad de combatir en la villa no pasaba de dos mil quinientos y que la cantidad de fusiles en poder del municipio era muy pequeña, aunque no existe una cifra válida porque varía mucho de unas informaciones a otras. El hecho manifiesto es que una gran parte de la población había huido la víspera ante la noticia de la llegada del general Sarsfield y sus tropas.

La ocupación total de Bilbao

Pero el hecho irrefutable es que la ocupación militar de la villa rebasó todo lo imaginale en cuanto a lo que pueda considerarse como pura "ocupación", como ocupación militar de una ciudad. El ejército invasor cristino lo ocupó todo, absolutamente todo, sin ninguna exageración, porque así fue. La ocupación acabó llenando plenamente todos los edificios y viviendas de Bilbao, llegando hasta a la totalidad de las mismísimas cocinas de las casas, de todas las casas, absolutamente todas las cocinas del vecindario. Mencionamos este detalle de las cocinas porque en las imposiciones, "ordenanzas", militares, lo que se denominaba como "alojamiento" obligaba ofrecer a la tropa, entre otros detalles, el de "asiento junto a la lumbre", o sea en la cocina. Además claro está, de todas las salas, comedores, habitaciones y todas las camas de todas las viviendas particulares.

Bilbao, que para aquel año 1833 había recuperado la población cercana a los doce mil habitantes que tenía en 1808, y que tras las olvidadas masacres que se produjeron cuando la ocupación de la villa por los ejércitos de Napoleón, había quedado reducida a menos de diez mil habitantes, que ocupaban poco más de dos mil viviendas. El censo de vecinos, cabezas de familia en 1833 ascendía a dos mil seiscientos noventa y uno. A la llegada del ejército liberal, entre cuatro o cinco mil soldados inicialmente, que llegaron a convertirse hasta en diez mil en los meses posteriores, "Bilbao supo alojar a 10.000 soldados en su reducido recinto" dice el memorial a la Reina del 18 de julio de 1838, e lógico preguntarse cómo Bilbao, que no tenía un solo cuartel, ni tampoco ningún edificio militar, cómo hubiera podido instalar los soldados que llegaron ese primer día y hasta los veinte batallones que según acta municipal del 21 de julio de 1837, llegaron a albergar los pocos edificios de la villa. Y dónde se aposentarían después las otras impresionantes masas militares que pasaron posteriormente por la villa. Ya sabemos que no se quedaron en la calle. Sabemos que las tropas ocuparon por decreto, todas las casas, todos los pisos, todas las lonjas, todas las iglesias, todos los conventos, etc. La céntrica iglesia de San Nicolás se convirtió de inmediato en el parque de artilleria del ejército, rodeada de un cercado, incluso con garitas de centinelas en los exteriores. Hubo otros edificios, y las restantes iglesias, que se acabaron convirtiendo en cuarteles, o en hospitales, que llegaron a existir hasta nueve en el recinto urbano. Además los numerosos regimientos tenían cada uno sus instala-ciones para la plana mayor, academia de oficiales, pagaduría, etc. en los pisos más amplios y céntricos. La villa como reconocería el Ayuntamiento en la exposición citada a la Reina Gobernadora, acabó convirtiéndose en "un gran cuartel", cumpliendo así, literalmente, el deignio oficial de "inundar de tropas" la villa, y por si había alguna duda en el método "sin conmisera- ción ni consideración de ninguna clase", según se manifiesta en el Boletín Oficial de Vizcaya, el 6 de febrero de 1835. Todo ello para, en primer lugar cumplir el designio de apoderarse de un puerto y plaza mercantil importante y como intención final doblegar "en esas cuatro provincias, su "execrable rebelión". Basándose en estos hechos reales puedo uno preguntarse cómo pudo fabricarse y cómo nadie pudo creerse el mito del heroico pueblo de Bilbao oponiéndose a la invasión carlista.

Dado el número de ocupantes y lo reducido del perímetro de la ciudad, el mismo de lo que se llama hoy Casco Viejo, y las Siete Calles hasta el Arenal, es fácil imaginarse cómo tendrían que estar calles y casas abarrotadas de gente. Porque los mismos aposentadores del ejército cuando les pedían la información de dónde estaban ubicadas las tropas, reconocían ante sus superiores que la dificultad para informar residía en "la forma atropellada" con que las tropas ocupantes "entran en las viviendas". Hay que deducir que ls consecuencias para el vecindario tuvieron que ser, y de hecho lo fueron, atroces. Del cómo y de sus consecuencias hablaremos más adelante y, sobre todo, de cómo se ha contado esa historia y de cómo se mantiene todavía esa ficción fabricada.

Para colmo de sarcasmos invasores hay que decir que muchos militares de los que invadieron Bilbao llegaron junto con sus familias. Con sus familias legales y muchas veces con las otras. E incluso a veces, con las dos formas familiares simultáneamente. Mª. Ana de Echaniz, según acta municipal del 7 de septiembre de 1835 declaraba que "el militar que había ocupado su vivienda", un oficial evidentemente "había traido consigo a su mujer, a otra señorita, a dos asistentes y algunos soldados. Pero además había traido, doce baules, un cajón, dos mesas y ¡un piano!. "Se apoderó, decía la testigo, de cuatro de las cinco habitaciones de la casa, dejando para la dueña y su sirvienta una sóla habitación". Pero en una declaración posterior relataba que también, diciendo que la necesitaba, y sin más explicación, les había expulsado de esa única habitación que para la dueña y su criada les habían dejado inicialmente.

Tuvieron que cumplir forzosamente lo de dormir en "el duro suelo para mejor servir a las tropas de Isabel II" que obligaría a toda la población y que cantaría en una posterior exposición al gobierno el consistorio bilbaino colaboracionista, que tan amigo se mostraría en todo momento de anotarse méritos que no eran suyos, sino todo lo contrario. El caso se completa si se conoce que cuando batallones de militares se movían por razones bélicas las familias de los ausentados se quedaban en los pisos. Hay que suponer que puesto que estaban alojados en casa ajena, pero en territorio ocupado, y teniendo asegurada la alimentación por la municipalidad ¿dónde podían estar mejor mientras esperaban el regreso de su familiar? Hay referencias a los conflictos entre las mujeres de los militares y las de los vecinos propietarios de las viviendas. "Que por no aguantar la guerra intestina que originan mujeres extrañas abandonan esta villa a disfrutar en puntos lejanos descanso y tranquilidad " dice un memorial del Ayuntamiento redactado sin duda por acomodados, ya que es lógico suponer que los vecinos pobres no dispondrían de medios para hacerlo y tampoco tendrían posibilidad para publicar su protesta. El Ayuntamiento acabaría diciendo que "lo que no podían hacer gustosos era ceder sus habitaciones a mujeres y familiares de militares y empleados de mil denominaciones"-

El 17 de febrero de 1837 se pediría "que salgan uno o dos de los batallones "por lo recargado que se halla de alojamiento este vecindario y la gravedad de las enfermedades reinantes", tifus, sarna, venéreas, "que se echan diariamente en casas mal ventiladas". Temían po "el riesgo en que se halla el mismo ejército".

En este ambiente es fácil deducir que los incidentes fueron permanentes. Se quejaban los "cabos de guerra" militares, como ya hemos mencionado, de que no podían proporcionar las listas de los que ocupaban los alojamientos "viendo el atropello con que entran en las casas los soldados, según acta municipal del 16 de mayo de 1834. Por su parte el municipio lamentaba en comunicación al Consejo de Ministros por las vejaciones que sufrían de los jefes militares y que tuviesen, por ejemplo, "que pasar en silencio violencias cometidas con los alcaldes de barrio". Mencionan los regidores en las actas los casos concretos de José Mª de Basterra y Pedro de Escuza, golpeados y uno de ellos preso por un subalterno oficial "a pesar de estar ejerciendo acto público".

Pablo de Epalza, político importante, considerado como uno de "los dos mayores pudientes de la provincia", adicto la ideología de lo ocupantes, que algunos años después fue miembro del Consejo de Administración fundador del Banco de Bilbao, cuando intentó intervenir en defensa de la mujer de una casa de la calle de la Ronda a la que el militar "aposentado" estaba golpeando, el teniente de Salvaguardias de Isabel II, Andrés Martínez, acabó también siendo apaleado y corrido a sablazos por la vía pública. El teniente decía que la mujer que iba con él era su esposa y exigía que la dueña de la casa actuara como su sirvienta- En esta ocasión se conoce el nombre del acusado porque fue uno de los pocos casos de encausamiento, tal vez por la importancia política y social del personaje agredido, pero el teniente fue absuelto. El Comandante General, el Conde Mirasol, consideró que "con el arresto para procesamiento ya había sufrido suficiente castigo".

El espectáculo de las contínuas vejaciones que tenían que padecer también los bilbainos de las clases acomodadas con el alojamiento de familiares de militares forzó a las autoridades liberales bilbainas, recordemos que nombradas por el ocupante, a pedir al general Espartero el desalojo de dichos familiares de militares, a lo que el general contestó que "no se consideraba con fuerza para desalojar a las familias de los militares ausentes porque tenían sueldos muy bajos y porque era muy cara la vida en Bilbao". Opinión mencionada en acta municipal del 27 de enero de 1835.

Con el tiempo el abuso en la "ocupación" de Bilbao por el ejército fue tn exagerado que las tan amoldable autoridades liberales bilbainas llegarían para obtener algún provecho con sus lamen- taciones , hasta intentar presentar como mérito propio el que hubiese menestrales y artesanos "a los que no les alcanza con el fruto de su industria para alimentar a su numerosa prole", que además "tenían acogidos en su domicilio suministrándoles cama, luz, fuego para rancho y otros que se le exigen, para doce o catorce soldados". Además del "vinagre y asiento junto a la lumbre" que se leía en las órdenes militares del momento al referirse a estas ocupaciones.

Los vecinos de Bilbao tuvieron que dormir en el duro suelo

Estas autoridades colaboracionistas liberales de Bilbao fueron capaces de alardear, como ya hemos dicho, como mérito propio que "sus beneméritos vecinos han tenido que dormir en el duro suelo para ceder su lecho a los bravos defensores de Isabel II". Decían en un memorial que "Bilbao supo alojar a más de diez mil soldados en su reducido recinto". Lo declaraban en la exposición dirigida a la Reina Gobernadora el 14 de julio de 1837, pero sin mencionar que el dato suponía una media mínima de entre cuatro y cinco soldados junto a "cada lumbre", o sea en cada cocina. Le decían a la Reina Gobernadora que "un pueblo mercantil, feliz y laborioso, que se hallaba en la esfera de l mayor opulencia, ha venido a reducirse en un muy corto espacio de tiempo a un estado triste y calamitoso". Claro está que también informaban de que "la mayor parte de los comerciantes y capitalistas buscaron su giro en otras plazas más felices y el artesano y menestral llora su miseria en la paralización absoluta".

Aunque en el oficio sobre alojamientos, ocupaciones de viviendas del 23 de marzo de 1835 dicen con palabras enigmáticas, o que tratan de disimular lo que pensaba el pueblo, mencionando su preocupación por las pérfidas sugestiones de nuestros enemigos inmediatos que nos rodean por todas partes". Reflexionan los jefes militares con que "en todos los tiempos se ha considerado de absoluta necesidad que las tropas estén acuarteladas porque en lo alojamientos independientes, apartados la mayor parte del dia de la vigilancia de sus superiores ... adquieren vicios perjudiciales". Parece que hay que entender opiniones perjudiciales. La realidad es que llegaron a producirse más que opiniones, pues hubo rebeliones como la del regimiento de Trujillo que el mismo día señalado para la jura de la nueva Constitución llegaron a disparar contra el Comandante General, el mismo regimiento que hasta su derrota habia defendido heroicamente el Convento de San Agustín.

Las tropas que en el momento de redactarse ese oficio necesitaban acuartelamiento eran 1.100 soldados del regimiento de Alcazar de San Juan, 510 del de Mondoñedo, otros 1.000 del 2º ligero, otros 1.000 del 4º, más 500 del de Compostela y otros 500 del de Cuenca. Como el desembolso para las tres mil camas que le pedían al municipio, a este le parecían económicamente inalcanzables, hizo que los regidores bilbainos sugiriesen que "en cada cama duerman dos soldados ... aunque esto no es bueno para la salud y para el aseo".

Pero lo que a la acomodada sociedad burguesa más le inquietaba era la desocupación de los sufrientes jornaleros. El 12 de marzo solicitaron que, para darles trabajo se pusiese en marcha alguna obra importante, y mencionaron como ejemplo la terminación de la construcción de la Plaza Nueva, entonces llamada de Fernando VII, que se encontraba a medio edificar. El miedo les hacia pedir estas ocupaciones para el pueblo proletario porque de los contrario "sospechaban que se marcharán a engrosar las filas de la rebelión". Su temor debía de estar justificado porque confesaban que "la facción recorre con demasiada osadía la provincia. Ha llegado a dominar en todas partes". Menos en el recinto de la villa predilecta de aquella monarquía, Bilbao naturalmente, por haber sido convertida en un gigantesco cuartel que estaba ocupado a reventar por fuerzas venidas de toda la península. Repetimos que sobre esta base tan surrealista se levantaría después el invento de la leyenda de los vecinos del pueblo de Bilbao luchando codo con codo contra los "invasores".

El Conde Mirasol, para evitarse los problemas enojosos consecuencia de la plena ocupación de las viviendas y puesto que los ediles nombrados eran parte de su colaboración, nombró para el cargo que se llamaba "aposentador", un intermediario entre la comisión civil de alojamientos y los militares, una persona "con autoridad y conocimientos de las Reales Ordenanzas", cuyo primer gestor fue un teniente coronel retirado, José Collantes, que fue nombrado el 14 de gosto.

Como se ha dicho ya, la mayoria de los ricos n tuvieron que aguantar esas cargas domi- ciliarias porque se dictaron normas para librarse de ellas, a pesar de que la ordenanza militar mandaba que "todo vecino con casa abierta está sujeto a las cargas de alojamientos". Y todavía más, obligaba también "a todo el que tenga industria, empleo o profesión está sujeto a la carga, aunque no viva en la villa". Librarse de la carga de alojar soldados era tan difícil que incluso un emigrado, o sea un huido de pueblo ocupado por los carlistas, Ramón de Azcue, sargento de artillería, que se quejaba de que tenía ocho soldados alojados en su casa, no consiguió rebaja de su obligación, todavía un 8 de noviembre de 1837. No obstante, como cuando lo hay, todo es cuestión de dinero, existió una norma que regulaba que "los que quieran librarse pagarán tres reales por mes por soldado, sesenta por oficial y ciento veinte por jefe".

Las viviendas lujosas que aposentaban a los grandes jefes del Ejército, Espartero, Conde Mirasol, Miguel de Arechavala, etc, así como las que ocupaban para la plana mayor de cada regimiento, los propietarios cobraban del Ayuntamiento buenos mensualidades como alquiler. En estas mansiones no fue una obligación alojar a la tropa en la propia cama y dormir en el suelo del pasillo, sino que estos propietarios acomodados cobraban, además de un alquiler por su vivienda, otro por el mobiliario que pretaban y, con esos ingresos extraordinarios, se iban a vivir a otra ciudad más tranquila. A Baiona por ejemplo, que estaba repleta de ricos de Bilbao y de otros lugares en guerra.

Otro de los problemas gravísimos del Ayuntamiento de Bilbao consistió en que la forzada financiación de la ocupación militar llevó a la municipalidad a la ruina. Un resumen publicado por los regidores informa de que en los seis primeros meses habían suministrado al ejército, y pagado de sus fondos, 1.549.675 libras de carne, 1.726.266 cuartillos de vino, 774.837 raciones de pan., 600.000 reales de cebada, 400.000 reales gastos en metálico en camas, calzado, etc. Y otros 300.000 en gastos en fortificaciones. En la misma fecha del envio de este expediente a la Reina Gobernadora, el 12 de agosto de 1834, el Conde Mirasol pedía otras 700 nuevas camas para el regimiento Provincial de Ronda, al que habían alojado en el convento de San Francisco, porque de las anteriores camas completas entregadas no quedaban en buen uso más que 5 jergones, 149 mantas y 395 sábanas.

En primer lugar hay que recordar que, el mismo día de su llegada, el general Sarsfield había ordenado, sin duda como primera sanción y como botín de guerra, que comenzase el Ayuntamiento a suministrar a la tropa las raciones de carne y vino necesarias para su alimentación. Y esta situación continuó durante dos o tres años, hasta que reventaron las posibilidades de endeudamiento del que había sido rico municipio y de sus acaudalados habitantes colaboracionistas: una libra de carne diaria y un cuartillo de vino, por soldado. El mismo día 30 de noviembre, había pedido do mil pares de zapatos de inmediato y ordenado que en breve se preparasen otros dos mil. Hay que suponer cómo llegaría el calzado de esa tropa, que había venido andando por supuesto, porque la caballería era para los oficiales ylos carromatos para los pertrechos, armas, etc desde Cuenca, Compostela, Toro, Trujillo, Ronda, etc. También exigieron 400 pantalones de inmediato y otros tantos en el más breve plazo. Apenas un mes después, el 29 de diciembre, volvieron a pedir 800 o 1000 pares de zapatos y recomendaban que se continuase fabricándolos. Con estos datos resulta comprensible que la Diputación considerase "gente desalentada" a los primeros batallones de soldados que pisaron la villa. E incluso que les pareciesen "mezquinos".

Los colaboracionistas con el ejército liberal, llamo así a los que habían sido nombrados a dedo por el general Sarsfield, los Arana, Basabe, Goosens, lo mismo que los Victoria de Lecea, Epalza, etc. Una parte de los bilbainos acaudalados, estaban dispuestos a poner todos los medios de financiación a su servicio, olvidando que la situación económica del municipio ya era precaria una semana antes de la llegada de Sarsfield, cuando era alcalde, salido de elecciones, Mariano de Ibarreta, cuando el consistorio precavido por su situación económica y por la política que se adivinaba, había negado toda posibilidad de suministrar raciones a los batallones de paisanos armados "por hallarse exhaustos de fondos". Siendo esta la situación ¿cómo pudo aceptar el municipio endeudarse con la enorme fortuna que se gastó después? Pero que lo hizo y que por ello los capitalistas recibieron premios y recompensas es una realidad.

Al consistorio colaboracionista, tras el calzado y los pantalones, le llegó la primera petición de dos mil camas el 28 de febrero. Muy pronto, el 11 de abril, ante los crecidos refuerzos "que estaba recibiendo el ejército con la quinta que se había ejecutado en todas las provincias" pasaron al Ayuntamiento una segunda petición de dos mil camas, que fueron aumentadas a otras dos mil doscientas dos días después. Para colocar las camas y acoger a la tropa, que desbordaba en las viviendas particulares, mandaron desalojar por completo los edificios de los conventos religiosos de la Encarnación y de San Agustín, para irlos convirtiendo en cuarteles, tirando las paredes de las celdas para convertirlas en dormitorios colectivos.

Pero, además de la necesidad de alojar a los nuevos expedicionarios que llegaban de todas las regiones de la península, había otras razones para intentar la separación: los problemas que la mescolanza entre militares y población autóctona producían. Por ejemplo, los soldados vendían las raciones de carne que les adjudicaban, hay que suponer que a bajo precio, a los oportunistas espabilados que querían hacer negocio revendiéndola más cara. Pero la otra razón, mucho más importante para el mando del ejército, era que los soldados, según se lee en el acta municipal del 30 de abril "estaban enervados con el roce de las personas de poco amor a la Justa Causa". O sea de la mayoría de la humillada población. Ya hemos dicho que con el tiempo, un par de años después, llegarían a producirse entre la tropa rebeliones y amotinamientos contra la autoridad militar, estimulados por el ambiente que encontraban en sus "dormitorios",

Fortificaciones y depuración política

Desde el mismo 1 de diciembre de 1833 el Ayuntamiento comenzó a recibir órdenes para realizar las fortificaciones. La primera fue para el convento de San Francisco, el primer cuartel que acabó existiendo en Bilbao, convento que ya había sido ocupado en ocasiones anteriores, por ejemplo por el general francés Merlin en 1808, y también "desamortizado" o expropiado, e incluso semiderruido e incendiado por las tropas napolónicas antes de retirarse veinte años antes. En esta ocasión la orden del gobernador militar, nada más llegar, fue "que se fortifique San Francisco a la mayor brevedad". Al arquitecto le pagaron ese mismo día 3.000 reales.

El Ayuntamiento repetía que "agonizaba bajo las inmensas cargas que por circustancias políticas tiene que atender para el servicio militar y suministro a las tropas de S.M. la Reina; tiene agotados todos los recursos ordinarios y extraordinarios", pero los regidores colaboracionistas seguían practicando el saqueo de las arcas y del crédito de la villa a favor del ejército liberal. Estas lamentaciones que ya habían comenzado el 27 de enero de 1834, a los dos meses de la primera liberación, continuaron durante los cinco años que duró la guerra. Es fácil imaginarse qué nivel pudieron alcanzar.

Desde el punto de vista político lo primero que había pedido el general a su llegada fue la lista exacta de los vecinos de entre 17 y 40 años, especificando los "armados", es decir, los que a la muerte de Fernando VII se habían definido contrarios a la monarquía liberal al grito de ¡viva Carlos V! Más tarde, el día 21 de diciembre, pidió la lista concreta, nombres y domicilios de los que formaban parte de esos dos batallones de voluntarios de la villa que habían existido desde tiempo inmemorial y que se habían fortalecido en el breve periodo, desde la muerte de Fernando VII hasta la llegada de Sarsfield. Los meses en que Bilbao estuvo en manos de sus propios dirigentes, es decir, de los que habían obtenido el puesto por elección y no por designación directa. Decía la orden del Conde Mirasol, nuevo gobernador militar de la plaza, que la pedía "para controlar a los que hayan vuelto", se supone que a continuar viviendo en sus domicilios.

El mismo día 30 de noviembre prosiguió el general con la limpieza política que había iniciado con el nombramiento de nuevos ediles y destituyeron a todos los serenos, veladores nocturnos era su denominación oficial en la época, que tenían un cometido demasiado peligroso por el control que suponía del vecindario. También nombraron nuevos "cabos de barrio", autoridad municipal en cada zona. Por supuesto que cesaron inmediatamente a algunos alguaciles: a Vicente Menchaca, Manuel de Ercoreca, cándido de Landa y Julián de Areso, por haber huido "agregándose a las filas de la secesión". El 31 de enero separan al alguacil Francisco de Arteche "por su mala condición política". Posteriormente se fue produciendo un contínuo goteo de destituciones a todos los niveles. Los capellanes del Hospital, por ejemplo. El 10 de diciembre destituían al presbítero Juan de Zuazo por "la conducta inmoral y su notoria desafección al gobierno legítimo". Varios meses después, el 12 de julio, llegaron a solicitar que "se suprimieran todas las órdenes religiosas y se alejara de este país a todos los individuos a destino de treinta leguas por lo menos". En el punto quinto de esta petición solicitan "se haga lo mismo con todos los particulares conocidos por su perniciosa influencia". A estas medidas tan poco democráticas las denominaban "medios de pacificación".

También hubo intervenciones más chuscas. El 2 de julio en concreto, prohibirían "hacer guerrillas por las calles a pedradas". Una mala costumbre infantil muy peligrosa al parecer, una preparación para operaciones mayores o "intifadas avant la lettre". También prohibieron bañarse desnudos en la ría, pero el bando con esa prohibición, publicado en pleno verano, fue arrancado por los airados chiquillos. El bando informaba de que el castigo era cuatro días de carcel y cuatro ducados de multa. En el mismo Arenal, un criado del licenciado Jacinto Romarate, un acaudalado que había sido secretario de Estado en 1822 y que era comandante de Marina de Bizkaia, vecino de la calle de la Estufa, actual Viuda de Epalza, lanzó un puchero cargado de ceniza a una persona que había dado vivas a la reina. No se consiguió descubrir cual de los criados había sido, entre otras razones porque todos eran euskeldunes y el encargado de la inspección había sido un castellano del ejército.

Dificultades para la formación del primer batallón liberal

Desde el primer momento el gobernador militar de la plaza ordenó la formación de un batallón de Milicia Urbana, una fuerza municipal militar, una continuación o remedo de las históricamente conocidas por los "alardes", que posteriormente cambiaron de nombre y pasaron a llamarse Milicia Nacional en todo el territorio de la monarquía. Pero a pesar de que se les pagaba, lo que no era poco, seis reales por día, más uniforme y alimentación, el 5 de diciembre todavía no se había presentado ningún voluntario, frente a los dos batallones que los paisanos armados bilbainos mantenían unas pocas semanas antes. Entonces nombraron a Antonio de Arana y a José Mª Uría Nafarrondo para que activasen el reclutamiento de sus componentes. El comandante general de Vizcaya, conde Armildez de Toledo, oficiaba al alcalde de la villa el 10 de diciembre sobre la "absoluta necesidad de que lo más pronto posible se arme el batallón de la Milicia Urbana". El día 14 estos pidieron, petición bien pesimista, "200 cartucheras y media docena de cajas de municiones" para un batallón que tendría que componerse de 800 ú 85º soldados. El 7 de febrero figura que piden 43 fusiles para la Milicia Urbana. Pasado un mes de las primeras exhortaciones, todavía el 13 de enero, el general les pedía información de cómo se encontraba la formación del batallón de la Milicia. Como parecía que ese reclutamiento no resultaba suficiente, el 8 de enero el Ayuntamiento decretó "el alistamiento de todos lo jóvenes de la villa" y además ordenaron imponer una multa de 10.000 maravedises a los que no se presentaran. Se sabe que algún tiempo después a los que se resistían al alistamiento llegaron a encarcelarlos. Para su reeducación, decían. Y muchos, ni así se alistaron. El 30 de abril de 1834 las actas dan cuenta de las reclamaciones de "los austriacos y otros extranjeros que no aceptan el ingreso forzoso en la Milicia Urbana". Además, el problema se complicaba con la desconfianza de los reclutadores, los pudientes, hacía el pueblo, la aldeanería, los que sólo hablaban euskera, o la plebe como ellos también decían, que les hacía tomar la precaución expresa de "no alistar a proletarios" en la Milicia Nacional, porque "algunos no tienen bienes con qué responder". Buenas razones para desconfiar del pueblo. Por lo demás, en ningún terri-torio de la monarquía liberal admitían como miembros de la Milicia Nacional a los proletarios.

La vigilancia ejercida sobre la opinión pública y la persecución de los sospechosos fue constante. A pesar de todo la gente se escapaba. Textos como "vacante el puesto de archivero, Zacarías de Urrejola, porque se marchó con los rebeldes". Vacante también el puesto de interventor de la Prebostad "por haber abandonado su destino". En cambio se dio el caso de que nombraran a determinado relojero "por su constante adhesión a la Causa y tambien por ser sujeto inteligente en el arte de la relojería". Faltaría más.

También seguían produciéndose noticias como la del 3 de enero de que Juan de Oñate, propuesto para capitán de Granaderos del batallón de la Milicia que se estaba formando "ha manifestado su deseo de no contribuir a tan noble y generoso servicio", según el eufemismo del acta. Es evidente que el entusiasmo del pueblo bilbaino por la causa liberal fue escaso, desmintiendo todas las leyendas que declararían "invicta" a la villa, cuando pusieron en marcha el mito oficial del Bilbao liberal y heroico. La heroicidad de un pueblo convertido en cuartel. Se impone la pregunta de si el calificativo correcto no debiera haber sido el de mártir en lugar del de heroico, pero no hay que llamarse a engaño porque de lo que se trataba era de enaltecer a la minoría de adinerado que fueron colaboracionistas con las fuerzas ocupantes.

El "Boletín Oficial de Vizcaya", un año después, el 5 de noviembre, dividía a la población en tres clases de individuos, los propietarios, los comerciantes y los eclesiasticos. Por lo que se lee, el resto no existía, ni siquiera era parte, aunque fuese la más numerosa de la población, a la que convertían en invisible y no mencionable. Aunque como es bien sabido, con los eclesiásticos no estaba del todo clara la situación. En el libro de actas del Ayuntamiento se informaba el 21 de diciembre que en la cárcel había 17 camas destinadas a eclesiásticos. Demasiados sacerdotes detenidos si se tiene en cuenta que muchos había huido y que las informaciones sobre ceses de párrocos, sacristanes, fréilos, capellanes, etc fueron contínuas y sobre todo porque al hacer los nuevos nombramientos, se informa de los que se nombraba sustituto porque el titulas "se ha pasado a la facción". El 6 de marzo Espartero manda desterrar a dos curas del Hospital y "sustituirlos por adictos al Gobierno de S.M.". O como dice resumiento el acta municipal del 18 de agosto "se hallan unos incorporados a la fación, otros desterrados y otros ausentes", naturalmente no menciona a los que se hallan presos, pero del resto sólo informan que "siendo poco numeroso el número de los que están prestos a servir al vecindario". Hubo sacristán, el de la parroquia de los Santos Juanes, Melitón de Endaya, que fu destituido el 16 de diciembre por no haber dado pruebas de adhesión al gobierno de la Reina. Comentaba la notificación que "todo aquel que no da pruebas de su constante adhesión, cuando no enemigo declarado, es al menos sospechoso". Tambien a un alguacil, Francisco de Arteche, le destituirían el 31 de enero, sin más explicación "por su mala condición política".

La Proclamación de la Reina y la de la Constitución

A los pocos días de l llegada del general Sarsfield, el día 3 de diciembre, el Ayuntamiento convocó a todos los vecinos y autoridades a la Solemne Proclamación de la Reina Isabel II para el día 14, pero llegada esa fecha se informa de que "aunque deseaban que quedasen patentes los nobles y leales sentimientos que animan a este vecindario, no se celebraba la proclamación "por lo lluvioso del dia". Excelente justificación oficial que hay que suponer que ocultaba razones de temor a inasistencia colectiva por la impopularidad del acto, o tal vez por miedo a acciones simultáneas de las fuerzas carlistas y sobre todo porque los bilbainos tanto los de un bando como los del otro tenían respeto por las leyes vascas y siempre ofrecían alguna resistencia a vulnerarlas. En esta ocasión alegaban que la orden de celebrar la proclamación no había llegado por "el conducto reglamentario": la Diputación foral. El caso es que no parece que haya constancia escrita de que la proclamación de Isabel II llegara a realizarse en una ciudad en la que se obligaba a los vecinos a dormir en el duro suelo para ceder su lechoa "a los valientes soldados de Isabel II".

Meses después, el 7 de junio, volvió a suspenderse otra proclamación oficial, esta vez también "por la lluvia" como si no se supiese que en Bilbao llueve con frecuencia, pero el evento no era de menor importancia política, era nada menos que la proclamación del llamado Estatuto Real o Constitución española de 1834, que como la de la lluvia acabó repitiendo otra costumbre habitual en este país con las constituciones españolas, la de no aceptarlas. Incluso la misma Diputación de Vizcaya había afirmado, según acta de la víspera de la proclamación que "no asiste porque el Estatuto Real no ha cumplido las normas que tenía que cumplir para su llegada a este país". Pero el dia 30 de ese mes, la lectura del Estatuto Real en el consistorio, digamos que por lo menos pelotillero, se provocaron algunas escenas de sainete cómico, que el acta municipal relata así: "los regidores perdieron espontáneamente sus asientos y corriendo enajenados por el Salón de Sesiones no aciertan a corresponder a su gozo sino con vivas a la Reina Regente y a su hija Isabel II".

Por su parte, la madre, Su Majestad la Reina Gobernadora, ya había empezado a dar pruebas del cariño tan grande que sentía y que iba a demostrar por los escasos pero adinerados colaboracionistas de la villa bilbaina y empezó a manifestarlo comprometiéndose con el gesto simbólico de bordar "con sus propias manos" una bandera para la Milicia Urbana de la villa, según le informó al regidor Francisco de Gaminde, enviado del Ayuntamiento a la Corte, nada menos que el famoso Duque de Ahumada, quién todavía no había inventado la Guardia Civil, pero que ya trabajaba en ello y en pro de la "unidad constitucional". A las Milicias Urbanas les cambiaron primero el nombre por el de Milicia Nacional, después Guardia Nacional y finalmente la llamaron Civil, Guardia Civil, razonando la denominación en base a que dependía de un ministerio civil, el ministerio de Gobernación y no el del Ejército.

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